Autismo asociado a obesidad y diabetes gestacional

El autismo y los trastornos del espectro autista (TEA) cada vez se diagnostican más. Aunque se desconoce datos oficiales en España, en Europa se manejan cifras del orden de 1 caso por cada 100 nacimientos (1).

Sobre porqué hay cada vez más casos, se evocan causas como una mayor atención de los pediatras sobre el diagnóstico, un diagnóstico a edades más precoces, variación de los criterios diagnósticos MDS-V y una de ellas destaca que “la mayoría de factores etiológicos son prenatales. Pero si se trata de  una predisposición genética, o de factores ambientales, o de factores maternos es una cuestión que esta por dilucidar” (2).

En relación con esta cuestión algunos estudios destacan el papel que se atribuye al medio interno de la embarazada sobre el desarrollo cerebral del feto, en particular la obesidad y la diabetes materna.

“Las condiciones metabólicas maternas pueden estar estrechamente relacionadas con problemas de neurodesarrollo en niños. Con la obesidad como factor destacado, estos resultados motivan importantes preocupaciones de salud pública” (3).

“El riesgo de TEA asociado a la ganancia de peso durante el embarazo, sugiere que ésta pudiera servir como un importante marcador de la etiología gestacional del autismo subyacente. Esto justificaría una investigación del fenómeno que relaciona el vínculo entre ganancia de peso y autismo independientemente del IMC pregestacional” (4).

De estos estudios destaca el más reciente (5) que resalta “la importancia de la asociación de obesidad y diabetes durante el embarazo, en la génesis del TEA y de la discapacidad intelectual. Estudios previos mostraron que la diabetes materna incrementaba el riesgo de TEA en la descendencia, pero hasta ahora no se había examinado los efectos combinados de las dos condiciones, obesidad y diabetes, sobre el feto.

Se analizaron datos de 2734 niños (incluyendo 102 con espectro autista), de la cohorte de Nacimiento de Boston.

Lo más sobresaliente de los resultados fue que la obesidad materna por sí sola duplicó el riesgo de TEA en la descendencia. La diabetes materna pregestacional por si sola elevó el riesgo de TEA por encima del doble, pero la diabetes gestacional no estuvo asociada con un mayor riesgo de TEA.

Y haciendo seis grupos con las madres según su grado de obesidad y su estatus diabético, el riesgo para TEA se concentraba en aquellas madres que eran obesas y tenían diabetes, más todavía, en madres con obesidad y diabetes pregestacional, el riesgo casi se cuadruplicaba y en aquellas con obesidad y diabetes gestacional el riesgo se triplicaba.

Un patron similar de riesgo se encontró para la discapacidad intelectual.

Parece pues importante, dada la alta frecuencia de la obesidad en nuestro país, buscar líneas de trabajo que lleven a resultados similares.

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